LA BANDERA DOMINICANA CON ARROZ EXTRANJERO
La derogación del esquema de protección arancelaria al arroz no es solamente un problema agrícola. Para la Región Norte constituye un asunto empresarial. El cultivo sostiene una cadena que comienza en las fincas, pero continúa en factorías, transporte, almacenamiento, comercio, financiamiento, venta de maquinarias, combustibles, fertilizantes, servicios técnicos y miles de empleos. Por eso, cualquier cambio significativo en las condiciones de competencia puede transmitirse rápidamente al resto de la economía regional.
El arroz tiene una fuerte presencia en provincias del
Cibao y el Nordeste. A escala nacional involucra a más de 30,000
productores y alrededor de 80,000 empleos directos,
mientras la producción local abastece aproximadamente el 96 % del
consumo. No estamos, por tanto, ante un cultivo marginal, sino frente
a una actividad estrechamente vinculada con el ingreso y la dinámica comercial
de numerosas comunidades.
La eliminación de las medidas establecidas en 2024
coloca al sector frente a la apertura contemplada en el DR-CAFTA. Aníbal de
Castro llama la atención sobre una asimetría importante: Estados Unidos exporta
entre 40 % y 45 % de su cosecha arrocera y necesita mercados; para República
Dominicana, en cambio, el arroz es parte esencial de la alimentación y sostiene
comunidades productivas completas. Lo que para una economía puede
representar una oportunidad adicional de exportación, para la otra puede
significar la transformación de toda una cadena productiva.
Pero la respuesta tampoco puede consistir simplemente
en levantar nuevas barreras. El editorial de Hoy plantea una cuestión
fundamental: proteger indefinidamente ineficiencias no garantiza la
supervivencia del productor. La nueva realidad obliga a concentrar esfuerzos en
productividad, mecanización, tecnología, financiamiento, reducción de
costos y mejores sistemas de comercialización.
Para las empresas del Norte esto abre una agenda que
trasciende al agricultor. Las asociaciones empresariales, entidades
financieras, proveedores tecnológicos, universidades, centros de formación y
empresas vinculadas al agro tienen espacio para participar en la
transformación. Modernizar la producción arrocera puede generar demanda de
maquinaria, agricultura de precisión, servicios financieros, almacenamiento,
logística, energía, capacitación y nuevas soluciones empresariales.
También existe un riesgo que debe observarse. Si una
mayor competencia externa reduce significativamente la rentabilidad o desplaza
producción nacional, el impacto no terminará en las parcelas. Menos
producción significa menos compras de insumos, menos transporte, menor
utilización de factorías, menor circulación de dinero en los municipios
productores y presión sobre el empleo rural. El efecto multiplicador
puede sentirse en todo el tejido empresarial local.
Por eso, la pregunta para el Norte no debería ser
únicamente cómo proteger el arroz, sino cómo hacer
competitiva toda su cadena de valor sin destruir productores durante la
transición. El DR-CAFTA cambia las reglas; ahora corresponde convertir
esa presión en una estrategia de transformación productiva.
El arroz dominicano entra en una nueva etapa. La
mejor defensa de la producción nacional será conseguir que producir aquí
resulte cada vez más eficiente y rentable. Para el Cibao y el Nordeste, la
competitividad del arroz es también competitividad regional.
No hay comentarios:
Publicar un comentario